ALVIN Y LAS ARDILLAS

DIRECCIÓN: Tim Hill
TÍTULO ORIGINAL: Alvin and the Chipmunks (2007)
PAÍS: Estados Unidos
GUION: Jon Vitti, Will McRobb, Chris Viscardi; basado en los personajes creados por Ross Bagdasarian
FOTOGRAFÍA: Peter Lyons Collister
MÚSICA: Christopher Lennertz
DURACIÓN: 92 minutos

 
       

Juan Carlos Romero Puga | @jcromero

Mentalmente he elaborado una nueva lista de fauna nociva que últimamente ha invadido los cines y a la que considero prioritario eliminar: Garfield, Supercán, Scooby Doo y Alvin y las ardillas. En ese orden.

En la idea de que los niños ven cualquier cosa —pues una vez enganchados mediante una buena campaña de medios, arrastrarán a sus padres a las salas, pataleando y berreando—, la 20th Century Fox ha revivido al trío de ardillas creadas hace medio siglo, y a las cuales muchos conocimos en aquella vieja serie de dibujos animados de los años ochenta.

Apenas destacable por el trabajo de animación digital hecho en los tres roedores, la cinta tiene la gracia de un capítulo televisivo de media hora, pero alargado para durar tres veces más, cueste lo que cueste. No esperen más, pues el guion no podría ser más blando ni menos imaginativo.

Aunque afables, Alvin, Simón y Teodoro son una especie de paracaidistas que un buen día invaden la casa de Dave Seville (Jason Lee), un compositor fracasado que necesita urgentemente un éxito. Para sorpresa. primero de Dave y luego de su productor musical, las ardillas no sólo cantan, sino que se vuelven la sensación musical del momento.

De la noche a la mañana, la pequeña tripleta aparece como la principal atracción de discotecas y teatros de gran aforo, donde enloquecen a multitudes —imaginen el surrealismo de unas niñas bulímicas de Santa Fe y la Condesa, bailando eróticamente al ritmo de las ardillitas de Lalo Guerrero. Así, mientras el nuevo grupo intenta conciliar su vida casera con su condición de pop stars, su productor —un sobresaliente David Cross— intentará obtener todo el dinero posible, sin importar que su talento quede exprimido.

Nada sorprende en el montaje. Ni las voces ni las cancioncitas como de un disco de 33 revoluciones por minuto, tocadas al doble de velocidad... mucho menos las actuaciones o la trama. No extraña, pues, que el director de Alvin y las ardillas sea el mismo que el responsable de aquel maratón de aburrimiento llamado Garfield 2.

Como en aquella, el protagonista humano aparece involucrado en una sosa relación amorosa con una guapa, pero insípida mujer que no actúa mucho más que cualquiera de los extras en el foro, sólo que tiene más diálogos.

Dicen por ahí que si tienes limones, lo mejor es hacer limonada. Bueno, pues si tienes la historia de tres animales que son capaces de redefinir el mundo musical con tonaditas tontas, mientras a los empresarios sólo les interesa vender muñecos de peluche de ellos, pues haz una parodia de ello, busca a un guionista que te dé un poquito de humor ácido sin renunciar al público infantil. No hagas como la Fox, a la que al parecer sólo le interesa la venta de peluches.

 
 
 
 
  

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