CHERNOBYL

DIRECCIÓN: Johan Renck
TÍTULO ORIGINAL: Chernobyl (2019)
PAÍS: Estados Unidos, Reino Unido
GUION: Craig Mazin
FOTOGRAFÍA: Jakob Ihre
MÚSICA: Hildur Guðnadóttir
DURACIÓN: 333 minutos

 
       

Juan Carlos Romero Puga | @jcromero

Hemos dejado atrás las sutilezas, las metáforas sobre el temor del hombre a la amenaza nuclear. Hemos comenzado un descenso a los infiernos que hemos creado para enfrentarnos al rostro torvo de la tragedia humana. Chernobyl, la  miniserie en cinco partes emitida por HBO, es acaso la prueba de que hay desastres ocurridos tanto tiempo atrás y en lugares tan ajenos que sólo pueden hacerse cercanos y reales cuando el drama humano es mostrado en su completa dimensión.

Tras un breve prólogo que adquiere completo sentido al final del quinto episodio, este trabajo dirigido por el sueco Johan Renck se centra en recrear –así, sin matices– una de las mayores tragedias en la historia reciente: el incidente ocurrido la madrugada del 26 de abril de 1986 en la central nuclear de Chernobyl, Ucrania, el cual se habría convertido en una catástrofe para toda Europa del Este si no se hubiese actuado incluso contra el aparato de Estado soviético.

Elogiable por su impresionante diseño de producción que da al conjunto un realismo casi documental, más allá de sus licencias narrativas, la serie cuenta con un guion envidiable de Craig Mazin, quien abreva de múltiples fuentes, incluidos los reportes técnicos de la explosión del reactor, y que explica con increíble sencillez los aspectos más complejos de lo ocurrido, al punto de hacer accesible al público el lenguaje de un físico nuclear.

Director y guionista nos llevan de los momentos posteriores al siniestro, cuando los habitantes de la cercana comunidad de Pripyat miraban asombrados el brillo azul causado por el efecto  Cherenkov, al haber quedado expuesto el núcleo del reactor (sin saber que se estaban exponiendo a niveles mortales de radiación), a las crudas escenas de los cuerpos tendidos en una cama de hospital, con los órganos licuados por dentro, mientras por fuera su carne era atacada por una agresiva lepra radiactiva.

No es sin embargo la dureza visual del drama, sobre la que se sostiene Chernobyl, sino sobre la insoportable cadena de errores cometidos, la negligencia e incluso el ocultamiento deliberado de información de las autoridades encargadas de hacer algo al respecto, lo cual es descubierto no sin cierto horror episodio a episodio. Baste con decir que para el gobierno soviético las cifras oficiales del desastre nuclear apenas llegó a 31 personas, mientras que cálculos mucho más realistas tras la investigación hablan de hasta 93 mil víctimas.

Los héroes de esta historia carecen en su mayoría de nombre y apellidos. Muchos de ellos son bomberos anónimos que combatieron el fuego la noche del incidente, civiles que sólo son recordados como “liquidadores” y que se encargaban de limpiar el techo del reactor de escombros radiactivos, además de decenas de mineros que impidieron que llegaron hasta justo debajo del reactor siniestrado para evitar que el piso colapsara y contaminara irremediablemente el agua de la que dependía una enorme región.

Hay sin embargo tres personajes sobresalientes por su cordura y compromiso con las circunstancias: el científico Valery Legasov (Jared Harris en uno de los mejores trabajos de su vida), el encargado de proponer las acciones para contener el desastre; el oficial del gobierno Borys Shcherbina (Stellan Skarsgård), quien fue capaz de movilizar al elefante burocrático y tomar medidas decisivas en la planta nuclear y la ciudad de Pripyat, y Ulyana Khomyuk (Emily Watson), un personaje ficticio que encarna a la comunidad científica que, aun contra el sistema, buscó llegar a la verdad de lo sucedido, documentando minuto a minuto la crisis y señalando a los responsables de ésta.

Chernobyl atrapa por el desasosiego que provoca verse inmerso en una pesadilla, pero al mismo tiempo por la inevitable empatía por las víctimas directas e indirectas a las que vemos desfilar y sacrificarse con una generosidad de la que ningún burocrata de la extinta URSS fue capaz pese a su ineludible aportación de negligencia y silencio cómplic en un momento de la historia que no debió ocurrir y que costó tanto. 

 
 
 
 
       

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