EL CISNE NEGRO

DIRECCIÓN: Darren Aronofsky
TÍTULO ORIGINAL: Black Swan (2010)
PAÍS: Estados Unidos
GUION: Mark Heyman, Andres Heinz, John McLaughlin
FOTOGRAFÍA: Matthew Libatique
MÚSICA: Clint Mansell
DURACIÓN: 108 minutos

 
       

Héctor Campio López | @campiolopez

La anécdota de El Cisne Negro comienza con un sueño atemorizante en el que una bailarina de danza clásica es acosada por un ser de plumas negras e hirsutas. Al parecer es la premonición de una pesadilla, de un asedio a punto de darse en la vida real. La escena pone al espectador en sintonía con una película paranoica, cargada de alucinaciones y sobresaltos que están a punto de convertirla en una cinta de horror.

En este largomentraje, el director Darren Aronofsky  toma como hilo conductor la historia de Nina (Natalie Portman), una bailarina competitiva, aunque medrosa, que tiene ante sí la oportunidad de interpretar los dos papeles antagónicos del ballet El lago de los cisnes: el cisne blanco y el cisne negro.

Lo que se cuenta es cómo la protagonista debe explorar facetas desconocidas de su personalidad para lograr dos interpretaciones magníficas en el ballet. El desafío coloca a Nina en el límite de su talento y la pone en crisis. Es aquí donde el director Darren Aronofsky interviene para hacernos ver el sufrimiento psicológico de Nina en la pantalla.

Hay aspectos perturbadores en esta exploración mental. Por ejemplo, sexualmente Nina es una niña de veintitantos años, rodeada de peluches; su autoestima casi no existe y su voluntad está subordinada a los deseos de su madre (Barbara Hershey). La ruptura con esa forma de vida es el leit motiv del relato.

La película es así una metáfora visual de lo que la protagonista sufre, así como de su lucha interna, tan parecida a la de Jack y Tyler Durden en El club de la pelea. La actriz Mila Kunis, sobresale en el papel de una bailarina hipersexuada, personaje catalizador de la metamorfosis en Nina.

En esta historia donde figura el ballet, se percibe el ambiente de competencia, de presión y exigencia. Aronofsky es hábil para crear un cuento perturbador. Echa mano de efectos especiales mínimos para dar espectacularidad a escenas claves, como la transformación de Nina en el escenario o las alucinaciones persecutorias.  En esta cinta donde figura el ballet, las zapatillas y los tutús dejan de ser accesorios de cuentos de princesas.

 
 
 
 
  

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