GATO CON BOTAS

DIRECCIÓN: Chris Miller
TÍTULO ORIGINAL: Puss in Boots (2011)
PAÍS: Estados Unidos
GUION: Tom Wheeler, Brian Lynch, Will Davies, David H. Steinberg
MÚSICA: Henry Jackman
DURACIÓN: 90 minutos

 
       

Juan Carlos Romero Puga | @jcromero

Cuando Dreamworks le arrancó a Disney el monopolio de los cuentos clásicos infantiles con Shrek (2001), el género se vio revitalizado. La franquicia produjo dos cintas frescas y divertidas, a las cuales siguieron dos trabajos olvidables. Los personajes y las situaciones se agotaron a fuerza de repetir las mismas rutinas, aunque uno de ellos captó el interés del público, lo suficiente como para intentar un spin-off con él.

Así se concretó la idea de Gato con botas, la cual se propone contar el origen del personaje a través de una mezcla de varias historias clásicas en un tono de comedia. He aquí pues que el protagonista (voz de Antonio Banderas) es un héroe convertido por las circunstancias en un prófugo de la ley, obligado a dejar atrás a Humpty Dumpty (Zach Galifianakis), su amigo de la infancia, quien al sentirse traicionado irá alimentando un deseo de revancha a los largo de los años.

La cinta de Chris Miller es una entretenida y divertida historia de aventuras que se permite profanar el cuento de Jack y las habichuelas mágicas, convirtiendo al niño humilde de éste en un despiadado forajido que cría cerdos salvajes con su enorme y ruda mujer.

Sin embargo, el personaje principal del Gato se queda un poco lejos del desenfado que le habíamos visto en sus rutinas como secundario en Shrek —donde combinaba su carácter de justiciero con su instinto de mascota doméstica—, acaso por la insistencia de insertar en cada situación a un par femenino (Salma Hayek) que hace del Gato con Botas un espadachín galante más que un bicho enamoradizo, como indica su fama de cazanova.

Si hubiera que quedarse con una sola secuencia de todo el filme, ésta tendría que ser aquella en la que el Gato habla de su infancia en el orfanatorio y del nacimiento de su amistad con Humpty Dumpty, quien resulta ser, además del personaje posiblemente más complejo y mejor delineado, el villano traicionero que necesita una fábula moral como ésta.

La idea parece no dar para mucho más, porque si bien la película transcurre con buen ritmo y fluidez, Antonio Banderas remite continuamente a su personaje de El Zorro. Mala cosa. El resultado no está mal pero se echa un poco en falta el tono paródico que, por ejemplo, se le ha inyectado a algunos clips promocionales, o bien esas escenas de humor absurdo en que el instinto animal interrumpe un momento serio y decisivo.

 
 
 
 
  

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