EL INFIERNO

DIRECCIÓN: Luis Estrada
TÍTULO ORIGINAL: El infierno (2010)
PAÍS: México
GUION: Luis Estrada, Jaime Sampietro
FOTOGRAFÍA: Damián García
MÚSICA: Michael Brook
DURACIÓN: 145 minutos

 
       

Juan Carlos Romero Puga | @jcromero

El guion de La Ley de Herodes (1999) estaba basado en la experiencia de 70 años de gobiernos priistas, durante los cuales habían nacido personajes arquetípicos, perfectamente reconocibles en la realidad, pese a que el propio Luis Estrada le había impuesto a su cinta un tono casi fársico.

El arribismo político, la actitud de desprecio por las leyes, la corrupción como práctica de gobierno, estaban incorporadas al ideario colectivo de una sociedad a la que aún le costaba trabajo señalar sin juegos de palabras o referencias caricaturescas al PRI. Aquella cinta significó un punto de quiebre, tanto por lo despiadada que era en sí misma, como por el contexto de cambio que se vivía.

A once años de aquélla y a cuatro de Un mundo maravilloso, Estrada ha dejado a un lado las sutilezas para lanzarse a un relato desesperanzado con momentos de una dureza que parece intentar cobrar facturas con una década perdida como país. El infierno es una película de enojo, más catártica que lograda, sobre el que parece ser el tema más urgente de resolver en un año de celebraciones patrias: el narcotráfico.

Su protagonista, Benjamin García (Damián Alcázar), es un mexicano que vuelve al país después de pasar 20 años trabajando en Estados Unidos, pero al regresar encuentra un panorama completamente distinto al que dejó, pues su municipio se ha vuelto un territorio de disputa entre dos grupos de narcotraficantes.

Sin ninguna oportunidad de trabajo y con la ayuda de El Cochiloco (Joaquín Cosío, actorazo), un viejo amigo de la infancia, el rebautizado Benny entra al negocio del sicariato, que le da en meses lo que no obtuvo en una década trabajando al otro lado de la frontera: mujeres, dinero, propiedades y un aparente respeto que le aseguran las armas que porta.

El infierno, sin embargo, no logra que el humor negro y la denuncia social se integren de manera orgánica. Los tramos de particular dureza, chocan de frente con la caricatura del narcotráfico que elabora Estrada, usando como modelos a viejos buchones sinaloenses que hoy comienzan a verse rebasados aun como estereotipos.

El error radica ahí. El director recurre a los botones que sabe que activan los resortes del público (de la misma manera en que lo haría un cartonista de diario usando personajes ridiculizados por un trazo ominoso), pero esto, en todo caso, sólo habla de complacencia y de una ausencia de riesgos.

Habrá quien argumente que la violencia en la guerra entre las bandas del narcotráfico sólo puede ser mostrada a través de retratos realistas, como el propio Luis Estrada intenta hacerlo en el tramo final de su película. Sin embargo, creo que se desvirtúa la idea inicial de acercarse al fenómeno desde la perpectiva de un humor corrosivo y duro, que dijera más de lo que se muestra, con recursos y con menos furia de la que parece estarse alimentando todo.

 
 
 
 

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