MONSTER HOUSE. LA CASA DE LOS SUSTOS

DIRECCIÓN: Gil Kenan
TÍTULO ORIGINAL: Monster House (2006)
PAÍS: Estados Unidos
GUION: Dan Harmon, Rob Schrab, Pamela Pettler
FOTOGRAFÍA: Xavier Pérez Grobet
MÚSICA: Douglas Pipes
DURACIÓN: 91 minutos

 
       

Juan Carlos Romero Puga | @jcromero

Monster House no parecía ser de lo mejor de este verano, pero así suele suceder con muchas cintas que terminan valiendo la pena.

Producida por Robert Zemeckis y Steven Spielberg, este nuevo filme retoma la técnica de captura de movimiento empleada en El Expreso Polar (2004), la cual consiste en el registro fiel de las actitudes y movimientos de actores reales para, posteriormente, transformarlos en animaciones digitales. La diferencia con aquella es que La casa de los sustos nos presenta personajes menos fieles a la figura humana, pero mucho más amables.

La secuencia inicial es la misma con la que comienza Forrest Gump; una hoja que cae y que el viento levanta, llevándola sobre los tejados y las aceras de un suburbio. De ahí, llegamos a la ventana de DJ, un niño de 12 años, obsesionado con todo lo que sucede en el enorme, viejo y desvencijado caserón vecino que habita un anciano llamado Nebbercracker, quien durante años se ha dedicado a atesorar todas las pelotas, volantines y juguetes que han caído en su propiedad.

Luego de que el viejo sufre un infarto, DJ y su amigo Chowder se dan cuenta de que la casa se ha convertido en una criatura viviente, aparentemente poseída por el espíritu de Nebbercracker, que devora todo lo que se le acerca, lo cual se antoja alarmante, ya que es la víspera de Halloween y por la noche los niños irán a tocar a la puerta.

Así, aunque la trama es en esencia infantil, los guionistas tratan de explotar otra veta, la de los niños que empiezan a sufrir la ingrata etapa de la adolescencia en la que uno no es lo suficientemente grande para merecer confianza absoluta ni lo suficientemente pequeño para que tus padres no te fastidien con responsabilidades extras. Los diálogos entre ambos niños tienen el humor irreverente y la acritud que empiezan a acompañar los comentarios a esa edad.

No obstante, el cuadro no está completo mientras no aparecen en escena Zee, la niñera de DJ, y Jenny, una pelirroja, aparentemente nueva en el barrio, que irrumpe en la vida de los protagonistas y se suma a ellos. Ambas son bonitas, tramposas y tienen una chispa que hace que la pantalla las ame.

Intencional o no, cuando el trío queda completado tenemos ante nosotros a personajes que recuerdan al lánguido Victor Van Dort, de El cadáver de la novia; a la liberada Fiona y al impertinente burro de Shrek, de modo que la película se pone muy entretenida, pues juntos, tienen que encontrar la forma de evitar que la casona haga daño y termine tragándose al vecindario.

Cual si se tratara de un oráculo de los tiempos modernos, los niños recurren a la única persona que podría tener la respuesta a algo tan intrigante, un experto jugador de videojuegos que les aconseja lo que cualquier sabio; buscar el corazón de la mansión y destruirla desde ahí.

Me detengo aquí y regreso a la idea inicial; Monster House. La casa de los sustos no tiene los elementos que han hecho despuntar otros trabajos de animación que terminaron a la postre volviéndose clásicos modernos. Pese a ello, y prescindiendo casi por completo del gran aparato publicitario que se volcó en favor de otras cintas veraniegas, esta tiene alma propia. Merece la oportunidad.

 
 
 
 

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