LAS CRÓNICAS DE NARNIA: EL PRÍNCIPE CASPIAN

DIRECCIÓN: Andrew Adamson
TÍTULO ORIGINAL: The Chronicles of Narnia: Prince Caspian (2008)
PAÍS: Estados Unidos
GUION: Andrew Adamson, Christopher Markus y Stephen McFeely
FOTOGRAFÍA: Karl Walter Lindenlaub
MÚSICA: Harry Gregson-Williams
DURACIÓN: 150 minutos

 
       

Juan Carlos Romero Puga | @jcromero

Con menos magia y una fauna fantástica en extinción, Las Crónicas de Narnia empiezan a tornarse más oscuras. El reino imaginario se ha convertido en una tierra hostil que exige a sus visitantes humanos más edad para entenderla y para enfrentar hechos fundamentales y amargos como las pérdidas y la muerte.

De nuevo bajo la dirección de Andrew Adamson, la adaptación del segundo de los siete libros de C.S. Lewis tiene fuerza propia que le permite marcar distancia respecto al primer capítulo de la serie y centrarse en su propia historia, sin comparaciones.

Transcurrido apenas un año desde su regreso a Londres, los hermanos Pevensie reciben la oportunidad de volver a Narnia, donde descubren que han pasado 1,300 años y mucho de lo que conocían no existe ya. Las criaturas parlantes de la historia inicial han sido confinadas a los bosques y reducidas prácticamente a una leyenda, una raza de hombres gobierna el reino y el príncipe Caspian, heredero legítimo al trono, se ha visto obligado al destierro, pues su tío busca asesinarlo y quitarlo del camino para que sea su hijo quien eventualmente se quede en el trono.

El príncipe Caspian es más que una secuela. Conserva su idea de un mundo en el que las batallas se dan de manera leal, se lucha por principios, sin sangre, pero el tono es más fiero y sombrío, lo que marca una diferencia importante con el primer filme. De nuevo, el desenlace supone la lucha heroica de un puñado contra un gran ejército, pero ésta llega —rompiendo con el esquema tradicional de Disney— sólo después de pesadas derrotas que cuestan vidas de compañeros.

El mensaje místico-religioso que podía advertirse en El león, la bruja y el ropero, aparece de nuevo, pero de forma mucho más transparente. Hay un claro contraste entre la luz y las tinieblas. De noche, los ejércitos de Narnia son vencidos, su gente muere; es en esa hora de desesperación e impotencia que el príncipe Caspián es tentado por dos figuras que le ofrecen la victoria a cambio de (digámoslo figuradamente) dejar cabalgar a los jinetes del Apocalipsis.

Asimismo, el regreso de Aslan, el león que volviera de la muerte para dar la victoria a su pueblo en el primer capítulo de Las Crónicas, está lleno de referencias no sólo al Éxodo bíblico y la huída del pueblo judío de los ejércitos del Faraón, sino que se vincula todavía más con la idea del hijo de Dios que permite a los hombres actuar bajo su libre albedrío, pero que reaparece cuando los suyos buscan ayuda.

Quizás aquí esté la gran debilidad de la película. La lógica interna del relato, las batallas a espada coreografiadas con gran dificultad, las catapultas, las flechas que surcan el cielo, las armaduras y el honor guerrero, todo ello se fractura y pierde todo su valor para dar paso a la intervención de un poder superior que interviene para hacer ceder la balanza.

Con todo, ya no hay duda de que Narnia y los capítulos que siguen están destinados a envejecer con esta generación. Hablamos de épicas infantiles de gran valor, que sin perder su carácter de historias fantásticas le exigen a su público madurar junto con los personajes, y aceptar que el mundo no es encantador; en él hay miedo y sacrificios, héroes imperfectos y a veces relatos que acaban bien.

 
 
 
 

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