SOLDADO ANÓNIMO

DIRECCIÓN: Sam Mendes
TÍTULO ORIGINAL: Jarhead (2005)
PAÍS: Alemania, Estados Unidos
GUION: William Broyles; basado en el libro de Anthony Swofford
FOTOGRAFÍA: Roger Deakins
MÚSICA: Thomas Newman
DURACIÓN: 125 minutos

 
       

Juan Carlos Romero Puga | @jcromero

Soldado anónimo es una cinta bélica atípica, ya que si bien se sitúa en el centro mismo de la Guerra del Golfo de 1991 —la primera transmitida en tiempo real al mundo entero gracias a CNN—, sus protagonistas permanecen casi por completo ajenos al conflicto, superados por la sofisticación de los combates, que hoy se libran a otro nivel.

Anthony Swofford, un chico de 20 años, se une a los marines, siguiendo el ejemplo de su padre y su abuelo. Luego de un tiempo de adiestramiento es enviado a Arabia Saudita como uno de los cientos de miles de soldados que combatirían al régimen iraquí tras la invasión a Kuwait.

Lo que viene después no es más que el labo B de la guerra, pues mientras la televisión muestra las escenas de los ataques de la fuerza aérea con su precisión casi quirúrgica, estas tropas destacadas en los países vecinos se dedican a masticar polvo y a tratar de ganarle al hartazgo de la inactividad, aislados en el peor de los lugares posibles: el desierto.

Soldado anónimo es un filme sin grandes combates, con muy pocos disparos. Los primeros 45 minutos son realmente buenos y llenos de humor; los protagonistas absolutos de este primer tercio son Jake Gyllenhaal y Jamie Foxx, quienes por momentos elaboran casi una muy buena comedia militar.

El traslado de la historia a Medio Oriente cambia el panorama. El sosiego de kilómetros y kilómetros de arena, el letargo de compañías enteras de soldados ahogados de calor y de aburrimiento, se transmiten sin querer, aunque no por ello la película cae.

Lo que era entusiasmo se transforma en introspección y los únicos deportes posibles son el futbol americano, jugado con las máscaras antigás para introducir una variante, y la auflagelación, consistente en imaginar a las esposas o a las novias que se quedaron a miles de kilómetros de distancia.

Esta es la parte donde el resto del elenco, con Peter Sarsgaard al frente, le da dimensión al filme; el tedio es colectivo, la desesperación es compartida, pero aún en esa circunstancia hay quien no quiere volver, porque tampoco ha dejado nada valioso en América.

Sam Mendes y su equipo logran cosas valiosas en la pantalla, entre las cuales la más importante es su capacidad para convencer. En un extremo, sin mostrar una sola comunidad, la recreación del fotógrafo Roger Deakins del territorio saudita es incontrovertible. Por el otro lado están los efectos especiales, gracias a los cuales se puede asistir a la entraña misma de los pozos petroleros en llamas, mientras la luz del sol queda eclipsada por las nubes de carburante quemado.

Pero aun en este escenario, el guion es consistente; sea en un desierto árido o en una charca humeante de petróleo, el papel de los marines no es más importante que el de un perro que vigila una propiedad abandonada.

Pese a todo, Mendes no elabora un discurso sobre la doble moral estadounidense —como lo hizo en Belleza americana—; simplemente muestra la frustración de un grupo de sujetos a quienes se le impide hacer lo único para lo cual sirven, dándoles un regreso sin gloria.

 
 
 
 

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