SÓLO UN SUEÑO

DIRECCIÓN: Sam Mendes
TÍTULO ORIGINAL: Revolutionary Road (2008)
PAÍS: Estados Unidos, Reino Unido
GUION: Justin Haythe; basado en la novela "Revolutionary Road", de Richard Yates
FOTOGRAFÍA: Roger Deakins
MÚSICA: Thomas Newman
DURACIÓN: 119 minutos

 
       

Juan Carlos Romero Puga| @jcromero

Hay que reconocer que detrás del casting de Leonardo DiCaprio y Kate Winslet como pareja protagonista de Sólo un sueño hay cierta perversidad. El golpe de efecto para quienes los vieron juntos en Titanic (James Cameron, 1997) no podría estar más lleno de intención.

April (Winslet) y Frank Wheeler (DiCaprio) son una pareja joven que al casarse decide dejar la vida en la ciudad para iniciar su vida en los suburbios de Connecticut, prometiéndose que será por poco tiempo. Ella siempre abrigó el deseo de ser actriz y él se ha propuesto no terminar como su padre, quien dejó su vida en el cubículo de una compañía que lo hacía infeliz. Después de siete años, sin embargo, ambos están atrapados en una relación sin amor, sin proyectos, criando a dos hijos, odiándose uno al otro y a sí mismos por su falta de coraje para cambiar las cosas.

Pero la dinámica doméstica da un giro repentino cuando ambos se plantean aventurarse en vivir una fantasía, pues acuerdan dejar todo para irse a radicar a París, donde ella será el sostén de la familia mientras él encuentra su vocación. Más allá de que siempre han sido un matrimonio envidiado, el interés del uno por el otro renace y la intoxicación de sentirse vivos los lleva temporalmente a ser felices otra vez.

Con una lograda ambientación de mediados de los años cincuenta y salpicada de detalles que remiten a Lejos del cielo (Todd Haynes, 2002) o la misma Belleza americana de Sam Mendes, buena parte del interés del filme radica en el continuo y violento intercambio de ironías e insultos entre April y Frank, quienes aparecen rodeados de amigos y compañeros de trabajo que jamás se atreven a arriesgar un juicio sincero. Esa suerte de conciencia de la cinta queda depositada en John Givings (Michael Shannon), un tipo con problemas psiquiátricos pero salvajemente honesto, quien en dos palabras (vacío desesperanzador) define la esencia del verdadero drama que enfrentan los protagonistas y algunos otros alrededor de ellos.

A pesar de su intensidad, sus diálogos hirientes y precisos y sus buenas actuaciones, Sólo un sueño enfrenta un agotamiento de su premisa y se vuelve algo reiterativa. La inclusión del joven esquizofrénico y su áspera visión del mundo en el desarrollo de la historia se siente artificial, necesaria más como inductor de la reflexión del público que como catalizador de la historia.

Cuando en sus últimos momentos el filme parece hundirse irremediablemente en el tedio, Mendes y su guionista imprimen un último giro que intenta ser agresivo y sobrecogedor. Sin embargo, no son esos sucesos a los que asistimos en los finales 15 minutos los que hacen que Revolutionary Road tenga un último gran momento. Se trata en realidad de una sola secuencia en la que Winslet, después de hacer confesiones dolorosas y llenas de rencor, prepara el desayuno, impecable y sonriente para su marido, a quien besa antes de salir al trabajo.

Toda ella da completo sentido a esas dos palabras: vacío desesperanzador.

 
 
 
 
  

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