WOLVERINE: INMORTAL

DIRECCIÓN: James Mangold
TÍTULO ORIGINAL: The Wolverine (2013)
PAÍS: Estados Unidos, Reino Unido, Australia, Japón
GUION: Mark Bomback, Scott Frank
FOTOGRAFIA: Ross Emery
MÚSICA: Marco Beltrami
DURACIÓN: 126 minutos

 
       

Juan Carlos Romero Puga | @jcromero

Si bien las primeras dos cintas de X-Men han sido las que mejor recibimiento han tenido de la crítica entre media docena de adaptaciones de historias de este universo de mutantes, Wolverine: Inmortal muestra durante largos tramos una elegancia que aquéllas o el spin-off de hace cuatro años (que ya narraba los orígenes del mismo Wolverine) no tenían.

Inmortal, condenado a ver la historia violenta del mundo, Logan (Hugh Jackman) aparece en el fondo de un agujero de la ciudad de Nagasaki, acompañado de Yashida, un soldado japonés al cual salva durante la explosión de la bomba atómica. Después de ese inmejorable arranque, la historia se traslada al presente. Aquel soldado se ha convertido en uno de los empresarios más poderosos del mundo de la tecnología; anciano y a punto de morir de cáncer, pide buscar a Wolverine para llevarlo a Japón y ofrecerle librarlo de su "maldición", de manera que pueda tener una vida y una muerte normales.

Por su parte, el protagonista luce más sombrío que antes. Solitario, en lucha constante con su propia inmortalidad, Logan lleva a todos lados el lastre emocional del recuerdo de Jean Grey (Famke Janssen), a quien se vio obligado a matar en X-Men 3. Ese y su codiciada invulnerabilidad, o mejor dicho su capacidad de sanar a las heridas más graves, son los elementos más presentes en todo el filme, aunque en el centro se desarrolla una trama de traiciones familiares que incluye repetidos atentados contra Mariko (Tao Okamoto), nieta de Yashida y heredera del imperio tecnológico.

Adaptación libre del cómic Wolverine: Honor, de Frank Miller y Chris Claremont, la película de James Mangold se constituye en un eslabón entre los pasados episodios de la saga y X-Men: Days of Future Past, que se estrena en 2014. Durante 40 minutos, la pieza muestra a un protagonista que se identifica más con un oso salvaje que con los hombres, con los cuales se ve obligado a pelear todo el tiempo, lo mismo en las frías colinas de Yukón que en las calles de Tokio; la diferencia es que por primera vez, las heridas no cierran y Logan sangra profusa y constantemente.

La historia, pues, supone en gran parte una batalla del héroe con su propio enojo y sus conflictos internos como condición para volver al mundo, pero la evolución del personaje es sustituida por el ruido en cierto punto. La espectacularidad de la que prescinde el primer tramo, comienza a aparecer en el segundo acto; acción y combates estupendamente coreografiados y una logradísima secuencia sobre un tren bala que permiten lucir los valores de producción.Es el final de la película el que se siente totalmente distinto al resto. Mal endémico de Marvel, los villanos humanos que alguna profundidad ofrecen al conjunto, desaparecen para dar paso a un monstruo o un robot gigante, mientras la cinta entera pasa a hablar un solo lenguaje: el del blockbuster hecho de efectos especiales.

A pesar de ello, el conjunto resulta bastante digno, pues al menos se nota algo de personalidad en la realización. Al balance positivo se suma la secuencia post-créditos que ofrece una sorpresa que hace esperar con alguna esperanza la continuación de la franquicia. Veremos.

 
 
 
 
  

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